Esto también es trauma (aunque nunca lo hayas llamado así)

Últimamente hemos notado algo en nuestro centro, cada vez más personas llegan a terapia preguntándose si lo que sienten “puede ser trauma”.
Ansiedad constante, dificultad para confiar, hipervigilancia, sensación de estar siempre en alerta o, al contrario, desconexión emocional.
Pero hay una pregunta que a veces queda fuera: ¿Qué experiencias entendemos como traumáticas… y cuáles hemos normalizado?
En Amani Psicología trabajamos el trauma desde una perspectiva que integra lo psicológico con lo social, incorporando la mirada de género para entender mejor de dónde viene el malestar.

Entonces, lo primero, ¿Qué entendemos por trauma?
Etimológicamente, la palabra trauma proviene del griego y significa “herida”, por lo que, en psicología, podemos definir el trauma como una herida “psíquica” producida por uno o varios eventos estresantes que amenazan la integridad psíquica y/o física de la persona dejándola en un estado de gran vulnerabilidad, ya que, dicha situación, supera todas sus estrategias de afrontamiento.

Lejos de la idea de que el trauma solo aparece tras eventos extremos (guerras, desastres naturales, violencia física…), hoy sabemos que también puede generarse a partir de experiencias sostenidas en el tiempo, especialmente cuando no hay recursos suficientes para procesarlas.

Hablamos de trauma cuando nuestro sistema nervioso o bien se queda en estado de alerta constante (hiperactivación) o, por el contrario, se desconecta para protegerse (hipoactivación). Y estos estados del sistema nervioso a su vez pueden manifestarse como ansiedad persistente, dificultad para poner límites, culpa excesiva, sensación de inseguridad incluso en contextos seguros, problemas en las relaciones… y un largo etc. que, a priori, son manifestaciones que nos cuesta relacionar con esa “herida”, pero con la que tienen mucho que ver.

y, ¿Dónde entra el género en todo esto?
El género no es un “añadido”, es una clave central para entender muchas experiencias traumáticas.
En nuestra sociedad, por ejemplo, las mujeres desgraciadamente están más expuestas a violencias normalizadas (comentarios, invasión de espacios, control…), sobrecarga de cuidados, mayores exigencias contradictorias (sé ambiciosa, pero no “demasiado”, o parecerás fría o agresiva; Lidera, pero siendo siempre agradable y accesible), sufren mayor presión sobre su cuerpo y su imagen y suelen tener dificultad para expresar enfado o poner límites sin ser penalizadas.

Muchas de estas experiencias no siempre se nombran como trauma, pero impactan en el cuerpo, la mente y la forma de estar en el mundo y relacionarnos con nosotras mismas y con los demás.

Gran parte del trauma tiene que ver con lo relacional, no solo con lo que pasó, sino con cómo ocurrió en relación con otras personas (con lo que no pasó):
– No haber sido escuchada
– No haber sido protegida
– Haber tenido que adaptarse constantemente para sostener el vínculo

Estas heridas (ese trauma relacional) suelen dejar huellas que muchas personas llegan a percibir como “normales” porque han convivido con ellas mucho tiempo, pero en realidad son adaptaciones a un contexto que no fue seguro y generan mucho malestar ya que, además de sufrirlas, podemos pensar que no hay nada que hacer, o peor aún, que no es válido que me sienta mal por ello, que no debería sentirme así, por eso, desde Amani, trabajamos desde una mirada que reconoce el impacto del contexto social y de género y valida las respuestas del cuerpo como formas de protección.

Queremos acompañarte a entender, sin forzar procesos ni revictimizar e integrar cuerpo, emoción y pensamiento.
No se trata de “superarlo” rápido, sino de poder habitar lo que pasó sin que nos siga definiendo.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *